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¿Soy feliz?

Esta es una de las grandes preguntas que nos hacemos los seres humanos y las respuestas varían según la edad y las experiencias de vida.

Si le preguntamos a un niño, con frecuencia la respuesta es un rotundo ¡SI! Aun cuando mamá le haya llamado la atención repetidas veces durante el día, o se haya peleado con su mejor amigo, el niño es feliz porque su atención esta principalmente en el momento presente.  Sus acciones se originan en la pureza de esa maravillosa energía que lleva en el corazón que  le permite maravillarse en cada instante y ser maestro del precioso arte de permitir que la vida lo sorprenda con un milagro tras otro… la mariposa que pasa, la caja del juguete nuevo, los brillantes colores de una pelota, el crear un mundo mágico con unas cuantas sabanas, la sonrisa del amigo que le invita a jugar, el beso de mamá en la mañana o la mano de papá para cruzar la calle.

En ese fantástico viaje por la vida  todo es mágico, todo es presente… eterno siempresente. El niño tiene ratos en los que siente tristeza, malestar o enojo pero es raro que se quede en ese estado por mucho tiempo. Rápidamente encuentra algo nuevo que le llena los ojos de maravilla y el corazón vuelve a tomar las riendas de la creación del mágico camino del dia a día.

En la medida que crecemos, la educación y las metas de nuestra sociedad, le entregan las riendas del día a día cada vez más a nuestro cerebro y a aquello que llamamos la mente consciente. Pronto, el estado mágico de vivir en el presente — guiados por la sabiduría del Corazón — se reemplaza por la necesidad de cumplir horarios, metas, expectativas propias y prestadas. Vivimos más basados en los filtros que nos traen las experiencias de vida y dejamos de vivir las experiencias en sí mismas. De esta manera, cada situación se juzga por el miedo que se repita algo que ocurrió en el pasado o por la angustia que nos genera la incertidumbre de lo que puede pasar en el futuro. Así, nuestra valoración de “felicidad” se va distorsionando y depende de esos filtros que llamamos percepciones o creencias, que se originan en el entorno en el que hemos experimentado la vida.

Algunos talvez crecimos en un entorno familiar o escolar en el que se promovía la comparación y la competencia, de forma que aunque hayamos puesto toda nuestra intención a hacer algo bien, tal vez nuestros padres o profesores nos hicieron ver que siempre había alguien que lo había hecho mejor y destacaron más lo que nos faltó, en lugar de lo que si logramos hacer bien. Como resultado, esto crea una brecha en nuestra autoestima, de manera que cada vez que intentemos una nueva actividad dudaremos de nuestra capacidad para realizarla exitosamente (“¿Qué tal si no soy capaz de hacer esto bien y pierdo mi trabajo?”).

Otros, tal vez vivimos en un entorno en el que aprendimos a creer que es difícil atraer la prosperidad y abundancia porque constantemente escuchamos a nuestros padres decir que “el dinero se gana con lucha y mucho esfuerzo” o que “el dinero no crece en los árboles” o incluso que “el dinero corrompe” y es mejor no tener mucho para no “perderse del buen camino” (“Nunca tendré dinero suficiente para todo lo que me gustaría hacer/tener en la vida”).

Para otros, tal vez la constante a nuestro alrededor fue ver, escuchar o sentir que las relaciones de pareja solo traen tristeza, rabia o abuso, así que nos pasamos la vida temiendo que la persona con quien estamos en cualquier momento se puede ir, o entramos en permanente conflicto o permitimos que nos traten de manera abusiva porque aprendimos que esa es la única manera posible de relacionarse (“Mejor no me comprometo a esta relación porque esta persona también me puede dejar como todas las mujeres”).

Estos son solo unos pocos ejemplos de cómo vamos perdiendo nuestra habilidad natural, de vivir el momento presente y de apreciarlo en su totalidad como la bendición que es. Nos vamos “condicionando” para juzgar cada experiencia y cada persona por lo que pasó o lo que puede pasar y enfocamos toda nuestra energía en todo aquello que “no” … lo que no tengo, lo que no esta pasando, lo que no logro, lo que el otro no hace o no dice, lo que me falta… Y es ahí donde decir “Soy Feliz” se hace cada vez más escaso.

Así, el “prado siempre es más verde al otro lado de la cerca” y nos decimos cosas como: “seré feliz cuando esté tan delgada como ella”, “seré feliz cuando mi pareja se comporte como él”, “seré feliz cuando me retire y no tenga que trabajar tanto”, “seré feliz cuando tenga una casa propia”, “seré feliz cuando tenga dinero para irme de vacaciones”, “seré feliz cuando el gobierno y la economía mejoren”…etc, etc, etc.

Hoy te propongo un experimento: Comprométete contigo mismo durante los próximos 3 días (¡son solo 3 días!) a tomarte 3 minutos y hacerte alguna de estas preguntas:

¿Qué me hace feliz en este instante?

¿Qué está funcionando bien hoy para mi?

¿Qué me hizo sonreir hoy?

Observa con curiosidad tus respuestas y si te gusta el experimento, conviértelo en un hábito diario para poner tu atención en tu Felicidad.

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